Notas a partir de El juego infinito de Jorge Valdano
Publicado28 Feb 2026
AutorArchivo Petrova
Tiempo de lectura3 min
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Hubo un tiempo en el que pensé el fútbol como un objeto serio de investigación. No solo como espectáculo o industria, sino como un sistema de signos: un lenguaje colectivo donde se condensan emociones, narrativas, identidades y silencios. En ese momento llegó a mis manos El juego infinito de Jorge Valdano. Lo leí sin prisa académica, más desde la curiosidad que desde la metodología, y quizá por eso nunca llegué al final. Aun así, algo del libro se quedó conmigo.
Campo de fútbol envuelto en niebla espesa
Valdano no escribe sobre fútbol desde la estadística ni desde la épica vacía. Lo hace desde un lugar híbrido que resulta especialmente interesante para la teoría de la comunicación: el fútbol como relato, como espacio simbólico y como escenario donde se negocian sentidos. En ese gesto, El juego infinito se vuelve menos un libro deportivo y más un ensayo cultural.
El título ya sugiere una clave fundamental: el fútbol no se agota. No tiene un significado definitivo porque cada partido reactiva el juego de interpretaciones. Como en todo proceso comunicativo, no importa únicamente el mensaje —el gol, la victoria, la derrota— sino el contexto, la memoria y la expectativa que rodean al acontecimiento. El fútbol, así entendido, funciona como un texto abierto.
Estructura de hormigón crudo de un estadio monumental
Desde esta perspectiva, el jugador no es solo un ejecutor técnico, sino un enunciador. Su cuerpo habla. Sus decisiones narran. Valdano insiste en la inteligencia del juego, en la pausa, en la lectura del espacio. Y ahí aparece una noción muy cercana a la comunicación: comprender antes de actuar. Leer el campo como se lee una situación social.
Uno de los aportes más sugerentes del libro es su manera de vincular el fútbol con la cultura. Valdano cruza referencias literarias, filosóficas y estéticas sin forzarlas. No intenta legitimar el fútbol elevándolo artificialmente, sino mostrar que siempre ha estado ahí, dialogando con otras formas de pensamiento. El fútbol como mito moderno, como ritual contemporáneo, como espacio donde una comunidad se reconoce.
Para los estudios en comunicación, esto resulta especialmente fértil. El fútbol no solo transmite mensajes; produce sentido social. Construye héroes y villanos, articula narrativas nacionales, refuerza o cuestiona identidades. En ese sentido, El juego infinito puede leerse como una invitación a pensar el deporte desde una lógica simbólica más que funcional.
Quizá por eso mi lectura fue fragmentaria. No porque el libro no atrapara, sino porque funcionaba más como un espacio de ideas al que se podía entrar y salir. Como el fútbol mismo: no hace falta verlo todo para entender su potencia. Basta un gesto, una jugada, una metáfora bien colocada.
Hoy, al volver a pensar en este libro desde Materia Oscura, entiendo que mi interés por la comunicación y el fútbol no era una desviación, sino una intuición válida. El fútbol comunica porque organiza emociones colectivas. Porque produce relatos compartidos. Porque, como dice Valdano —explícita o implícitamente—, nunca termina de decir lo que tiene que decir.
El juego es infinito porque su lectura también lo es.