Antes de la imagen y antes de la palabra, estuvo el sonido. No como fondo, sino como fuerza. La música llegó a mi vida no para acompañarla, sino para estructurarla. Hay momentos que recuerdo no por lo que ocurrió, sino por lo que estaba sonando. Como si ciertas canciones hubieran aprendido a guardar mi memoria mejor que yo.
La música no me pide que piense de inmediato. Me toma primero por el cuerpo. Por la respiración, por el ritmo interno, por una emoción que aparece sin permiso. Después, cuando el eco baja, queda algo suspendido: una sensación que no quiere irse. Ahí comienza todo lo demás.
Martillos y cuerdas internas de un piano de cola vintage
Muchas de mis fotografías nacen así. No frente al objeto, sino después de una escucha. Una canción deja una temperatura emocional, una cadencia, una atmósfera. Salgo a mirar con esa vibración encima. El encuadre ya no es neutro: está atravesado por lo que escuché. La luz se vuelve más lenta o más urgente. El color pesa distinto. El tiempo se estira o se corta, como un compás.
Escribir funciona de una forma parecida, aunque el recorrido sea otro. Hay músicas que no producen imágenes, sino palabras. No frases claras, sino impulsos. El poema aparece como un intento de sostener lo que la canción abrió. No habla de ella, no la describe. Se le parece en espíritu, en respiración, en intensidad.
En mis procesos, la música no es referencia: es origen. No ilustra, no acompaña, no se menciona. Actúa en silencio, como una corriente subterránea que conecta disciplinas. Fotografía y escritura se tocan ahí, en ese punto previo al lenguaje, donde todavía todo es emoción en movimiento.
Trabajar de forma multidisciplinaria no fue una decisión teórica, fue una necesidad. Ningún lenguaje me alcanzaba por sí solo. Hay cosas que veo pero no puedo decir, cosas que escribo pero no puedo mostrar, cosas que solo existen mientras suenan. La música permite ese tránsito. Abre la puerta y deja que cada medio responda como puede.
Hay canciones que me enseñaron a mirar. Otras me enseñaron a esperar. Algunas me hicieron entender el silencio. La música educa la sensibilidad de una forma que no siempre sabemos nombrar, pero que se nota en lo que hacemos. En cómo elegimos, en qué dejamos fuera, en qué insistimos.
Por eso no concibo mi trabajo sin ella. No como tema recurrente, sino como condición de posibilidad. La música no aparece en mis imágenes ni en mis textos de manera explícita, pero los habita. Les da un pulso interno. Una lógica afectiva. Una forma de estar en el mundo.
Crear, para mí, es escuchar primero. Dejar que algo me atraviese. Y luego, con cuidado, responder desde el lenguaje que mejor pueda sostener eso que quedó vibrando.
Amo la música, estoy estudiando música. El mundo puede moverse y cambiar a través de ella. Las mejores cosas de la vida las he conocido a través de la música.