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La ola Hallyu y el consumo cultural: más allá de la moda

Publicado 28 Feb 2026
Autor JITAPH —Archivo Petrova
Tiempo de lectura 3 min
Entrada #023
Hablar del impacto cultural de la ola Hallyu suele implicar cifras, rankings y expansión de mercados. Se habla del crecimiento del K-pop, de la exportación de dramas coreanos, de la visibilidad global de la industria cultural surcoreana. Sin embargo, reducir el fenómeno a su éxito comercial sería pasar por alto una de sus dimensiones más importantes: la forma en que es consumido, apropiado y resignificado por públicos situados lejos de Corea del Sur, como ocurre en América Latina.
Escena urbana de luces de neón en Seúl
Escena urbana de luces de neón en Seúl
Desde los estudios culturales, el consumo no puede entenderse como un acto pasivo. Néstor García Canclini plantea que consumir cultura es también producir sentido, construir identidad y negociar pertenencias en contextos atravesados por la globalización. Bajo esta mirada, la Hallyu no llega a América Latina como un paquete cerrado, sino como un conjunto de discursos, estéticas y narrativas que los públicos reinterpretan desde sus propias experiencias sociales, emocionales y culturales. En ese sentido, el K-pop o los K-dramas no se consumen únicamente como productos extranjeros, sino como espacios simbólicos donde se articulan deseos, afectos y formas de identificación. La música, la moda, el lenguaje visual y los valores que circulan en estos contenidos dialogan con trayectorias culturales previas del público latinoamericano. No reemplazan lo local, sino que se hibridan con él, tal como sugiere Canclini al analizar los procesos culturales en contextos de modernidad desigual.
Concierto masivo con lighsticks
Concierto masivo con lighsticks
Los textos sobre la industria cultural coreana coinciden en señalar que el éxito de la Hallyu no se explica solo por una estrategia estatal o por la eficiencia del modelo industrial, sino también por su capacidad de generar vínculos emocionales intensos con las audiencias. Aquí resulta clave pensar, como propone Jesús Martín-Barbero, en las mediaciones: los contextos cotidianos, las prácticas culturales y las historias personales desde donde los contenidos adquieren sentido. La ola Hallyu no se vive igual en Seúl que en Ciudad de México, Bogotá o Buenos Aires, porque las mediaciones son distintas. El fandom latinoamericano no solo consume, sino que reinterpreta, remezcla y resignifica. Desde las prácticas de traducción, los eventos organizados por fans, hasta la apropiación estética y emocional, las audiencias se convierten en agentes activos del fenómeno. En esta línea, Guillermo Orozco permite entender a los públicos como audiencias que negocian el significado, que no aceptan de forma automática los discursos que circulan, sino que los adaptan a sus propios marcos de referencia. Así, la Hallyu en América Latina no puede pensarse únicamente como expansión cultural desde el centro hacia la periferia. Es también un proceso de recepción creativa, donde el consumo se vuelve experiencia compartida, construcción identitaria y, en muchos casos, refugio emocional. Lo coreano se vuelve cercano no por su origen, sino por la forma en que logra insertarse en la vida cotidiana de quienes lo consumen. Desde esta perspectiva, el impacto cultural de la ola Hallyu no radica solo en su presencia masiva, sino en su capacidad de activar procesos de identificación, pertenencia y diálogo intercultural. Más que una moda pasajera, se trata de un fenómeno que revela cómo, en la era digital, el consumo cultural es uno de los espacios privilegiados donde se reconfiguran las formas de sentir, mirar y habitar el mundo. *JITAPH* *—Archivo Petrova*
Fin del registro